Pérez-Reverte - XL Semanal
Recuerdo a cuatro de mis vÃctimas. Una fue mi abuelo, en cuyo escritorio, tras desvalijarlo de un cortaplumas con la virgen del Pilar en las cachas de nácar, dejé la sofisticada firma delictiva de mi sota de corazones. El resto de los golpes los di en el colegio. A un amigo llamado Bolea le guindé un bloque de plastilina del pupitre, poniendo en su lugar mi naipe simbólico. El golpe del que más orgulloso estuve, y lo sigo estando, fue el que le di al Poteras, un hermano marista al que odiaba –el sentimiento era mutuo– con toda mi alma. El Poteras me habÃa sorprendido en clase leyendo El motÃn de la Bounty –pertenecÃa a la biblioteca de mi padre– y lo confiscó, guardándolo bajo llave en el cajón de su mesa. Asà que, durante un recreo, entré en el aula, descerrajé el cajón, recuperé al capitán Bligh y dejé, a cambio, la sota con mi huella infernal. Yo era un ladrón sofisticado, astuto y con nervios de acero, compréndanlo. Implacable. HabrÃa dado cualquier cosa por llevar frac, chistera y bastón. Aunque, en realidad, supongo que sÃ. Que los llevaba.
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